LA BODEGA 108: EL SECRETO QUE DESTRUYÓ A LA FAMILIA MENDOZA

mi madre porque ni siquiera estaba viva. Y tú podías detenerlo.

Él comenzó a llorar.

—Lo sé.

—No. No lo sabes. Puedes imaginarlo, pero no lo sabes.

Se secó la cara.

—Tienes razón.

Hubo un silencio.

Después me entregó una hoja.

Era una copia de la declaración que había presentado.

—No te la doy para que me perdones. Quiero que sepas que esta vez dije la verdad.

Tomé el documento.

—La verdad no te devuelve lo que hiciste.

—Lo sé.

Se levantó para marcharse.

Antes de llegar a la puerta,