que una tarde regresamos a la casa de campo.
El jardín estaba cubierto de hojas secas. El estanque seguía allí, aunque ya no tenía los peces que recordábamos.
Mi padre se sentó en el porche.
Yo me quedé de pie.
—Tu madre habría querido que estuviéramos aquí —dijo.
Miré hacia el estanque.
—Mamá habría querido que me dijeras la verdad.
Mi padre asintió.
—Sí.
Se quedó callado durante unos minutos.
Después sacó una pequeña caja de madera del bolsillo de su chaqueta.
La abrió.
Dentro había un anillo sencillo y