días en que empecé a preguntarme si, a fuerza de repetir mi inocencia, acabaría perdiendo la razón.
Lloré porque, por fin, alguien había reconocido que me habían hecho algo terrible.
Mi padre estaba conmigo cuando recibimos la noticia.
Se acercó lentamente.
—Lo siento, hijo.
Lo miré.
—Ya no tienes que pedirme perdón por lo que hizo Verónica.
Él bajó la cabeza.
—Pero sí por no haber estado contigo.
Asentí.
—Sí.
Me abrazó.
Y aquella vez no me aparté.
No porque todo estuviera arreglado.
Sino porque, por primera vez en mucho