me dominara.
Entendí.
No justificaba.
Pero entendía.
Vanessa había decidido humillarme antes de que yo tuviera oportunidad de humillarla.
Una guerra preventiva contra una enemiga que solo existía en su cabeza.
—¿Alguna vez intenté controlarte?
—No.
—¿Te dije qué vestido usar?
—No.
—¿Cómo organizar la boda?
—No.
—¿Dónde trabajar?
—No.
Bajó la cabeza.
—No.
—Entonces peleaste contra una versión de mí que tú misma inventaste.
Una lágrima cayó.
—Sí.
Las flores permanecían entre sus manos.
—Lo siento.
Esta vez no añadió “si te ofendí”.
—Gracias.
Levantó la vista.
Esperó.
Yo