los adultos desapareció durante unos minutos.
Era diminuta.
Tenía la nariz de Lucas.
—Hola, amor.
Vanessa me observaba desde la cama.
Agotada.
Vulnerable.
Nuestros ojos se encontraron.
—¿Quieres cargarla? —preguntó.
Casi me reí.
Ya la tenía en brazos.
Vanessa sonrió débilmente.
—Quería decir… ¿quieres ser parte de su vida?
Aquello me dolió de una manera extraña.
—Claro.
—Aunque…
—Vanessa.
Me acerqué.
—Lo que ocurra entre los adultos nunca será responsabilidad de Emma.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Gracias.
—No tienes que agradecerme por querer a mi nieta.
Miré a