bien.
La que podía pagar.
La que nunca tenía problemas de dinero.
La que solucionaba una medicina, una reparación o un regalo sin pedir nada a cambio.
Cada gesto que Valeria había hecho por cariño se había convertido, poco a poco, en una obligación esperada.
Y Diego había permitido que sucediera porque esa generosidad también lo hacía quedar bien a él.
Cuando Valeria se lo dijo, no pudo negarlo.
—Me gustaba poder decir que yo lo resolvía —admitió.
—Aunque lo resolviera yo.
—Sí.
Esa confesión dolió más que algunas de