a dónde correr, Diego no la había defendido.
Había dicho algo peor.
«Yo sé cómo manejarla».
Valeria no necesitaba preguntarse si había escuchado mal.
Lo había oído con claridad.
—Precisamente porque eres mi esposo, tenemos que dejar algunas cosas por escrito —dijo.
Diego soltó una risa corta.
—¿De qué estás hablando?
—Mi abogado te enviará una carta.
Ahora sí hubo un silencio más largo.
—¿Qué abogado?
Valeria tomó la pluma.
—El mío.
Diego empezó a hablar más rápido.
Primero quiso saber dónde estaba ella.
Después preguntó si había regresado a