casa.
Luego me vio.
—Lin Xia.
Seguí echando pienso en el comedero.
—¿Qué quieres?
Frunció el ceño.
Nunca le había hablado así.
—Me han dicho lo de los destrozos.
—Ya se arregló.
—No ordené que hicieran eso.
—Bien.
Mi indiferencia pareció irritarlo.
Se acercó.
—¿No tienes nada más que decirme?
Me enderecé.
—La cerda blanca está a punto de parir. Si has venido a hablar, tendrás que hacerlo rápido.
Su rostro se endureció.
—¿Sigues criando cerdos?
Lo miré sin comprender.
—¿Qué esperabas que hiciera?
No respondió.
Quizá había imaginado encontrarme