un instante.
—Porque había oído hablar de ti.
—¿Cosas malas?
—Cosas interesantes.
No insistí.
Había aprendido que cada persona guardaba secretos. Y después de tres años compartiendo la cama con un hombre que ocultaba toda una vida, ya no tenía ganas de perseguir respuestas.
Una semana después, Xu Yancheng regresó.
Lo vi llegar mientras alimentaba a los cerdos.
Su coche negro se detuvo frente al portón recién reparado.
Bajó con un traje impecable y unos zapatos que costarían más que mi cosecha entera.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, mirando la