brote verde.
Nuestra hija lo señaló, orgullosa.
—¡Mamá, va a crecer muchísimo!
Me arrodillé junto a ella y le acaricié el cabello.
—Sí, cariño. Pero tendremos que cuidarlo todos los días.
Lu Zheng me rodeó los hombros con un brazo.
Y esta vez, cuando miré hacia el futuro, no sentí miedo.
Porque el hombre que había elegido quedarse ya no necesitaba prometerme una vida llena de riquezas.
Cada mañana se levantaba a mi lado para construirla.