verdad.
Una tarde, mientras lo veía enseñar a la pequeña a plantar semillas, recordé la frase que había repetido durante años:
«Los hombres pueden mentir. La cosecha no».
Sonreí.
Había algo que entonces no sabía.
Una buena cosecha no aparece por casualidad. Necesita tierra fértil, paciencia y alguien dispuesto a cuidarla incluso cuando llegan las tormentas.
El amor tampoco es muy diferente.
Lu Zheng levantó la vista y me llamó:
—¡Lin Xia! ¡Ven a ver lo que ha plantado nuestra hija!
Me acerqué.
En mitad del huerto había un pequeño