enferma.
Adrian se levantó.
Caminó hasta la ventana.
No gritó.
Eso era peor.
—Necesito aire.
—Sí.
Salió al porche.
Yo me quedé sentada.
Llorando en silencio.
Grace entró.
—¿Quieres que se vaya?
—No.
—¿Segura?
—Tiene derecho a terminar.
Ella asintió.
Adrian volvió diez minutos después.
Más frío.
—No sé cómo sentirme.
—No tienes que saber.
—Te amo.
Levanté la cabeza.
—Y al mismo tiempo hay partes de nuestra relación que, al recordarlas ahora, me hacen sentir violado.
No respiré.
La palabra era dura.
Correcta.
No la discutí.
—Lo siento.
—No