Después se revisaría.
Firmamos.
Al salir del despacho del abogado me sentí triste.
Adrian lo notó.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Nora.
Respiré.
—Nunca imaginé que necesitaríamos un contrato para ser padres.
Él miró el documento.
—Quizá deberíamos haber tenido más contratos y menos suposiciones desde el principio.
No pude discutir.
El primer fin de semana que los niños durmieron con él, lloré.
No porque creyera que estuvieran mal.
Porque la casa estaba vacía.
Grace vino.
—¿Quieres ir por ellos?
—Sí.
—¿Lo harás?
—No.
—Bien.
—Lo odio.
—También bien.
Aprender a compartir