—¿Yo qué?
—¿Puedes vivir conmigo sin intentar convertir mi perdón en absolución?
La pregunta fue justa.
—Sí.
—¿Sin exigirme que vuelva a llamarte esposa?
—Sí.
—¿Sin huir si me enfado?
Tardé.
—Voy a intentarlo.
—No.
Negó.
—No quiero promesas imposibles.
Pausa.
—Si quieres irte, dime que te vas.
Eso sí.
—Sí.
Nos besamos aquel día.
Por primera vez desde que recuperó la memoria.
Él preguntó:
—¿Puedo?
Y yo dije:
—Sí.
La palabra más importante de toda nuestra historia.
Sí.
Informado.
Presente.
Real.
No volvimos a vivir juntos inmediatamente.
Pasó otro