golpes lentos.
Iguales a los de la ventana de Sophie.
Mi hija enterró la cara en mi cuello.
—Es él, mami.
Se me aflojaron las piernas.
Dante levantó la pistola y avanzó un paso.
—Atrás —ordenó sin mirarme.
—Señor Moretti…
—Atrás.
No era una petición.
Era la voz que en aquella casa hacía que hombres grandes dejaran de respirar.
Retrocedí con Sophie en brazos hasta pegarme a la pared opuesta.
El pasadizo olía a humedad, polvo viejo y metal oxidado. Una corriente helada salía desde adentro, moviendo apenas el borde