Mi hija le pidió prestado su perro al jefe de la mafia porque un hombre tocaba su ventana por las noches

de la camisa de Dante. Bruno estaba a su lado, con el lomo erizado, mostrando los dientes.

Nunca había visto a ese perro dudar.

Esa noche dudaba.

Y eso me aterrorizó más que cualquier sombra.

Dante inclinó apenas la cabeza hacia atrás.

—Marco.

No gritó.

No hizo falta.

Un hombre apareció al final del corredor en menos de diez segundos. Alto, ancho de hombros, pistola en mano. Luego otro. Y otro. Guardias que parecían haber salido de las paredes.

—Cierra la finca —dijo Dante—. Nadie entra. Nadie sale. Despierta a