Nico. Revisa cámaras desde las nueve. Y trae linternas.
Marco miró el pasadizo.
Su expresión cambió.
—Dante…
—Ahora.
El hombre desapareció.
Dante volvió la mirada hacia mí.
—¿Cuántas noches dijo la niña?
Me costó responder.
—Seis.
—¿Siempre cuando usted trabaja tarde?
Asentí.
Sophie se aferró más a mí.
—Mami, no quiero que el hombre se enoje.
Dante bajó los ojos hacia ella.
Su rostro, normalmente tan duro como piedra, cambió apenas. Una grieta mínima.
—Nadie va a tocarte —dijo.
Sophie lo miró con desconfianza infantil.
—¿Lo prometes?
Los hombres como