Mi hija le pidió prestado su perro al jefe de la mafia porque un hombre tocaba su ventana por las noches

mis brazos.

El perro gimió.

Dante miró la sangre.

Por primera vez en la noche, su voz se quebró apenas.

—Traigan al veterinario. Ahora.

Rafael rió contra el suelo, con la boca llena de sangre.

—Tu padre era un traidor, Dante. Y tú protegiste a la viuda de un hombre que habría destruido tu apellido.

Dante inclinó la cabeza.

—Mi apellido sobrevivirá a la verdad.

Rafael escupió.

—No sabes lo que hay en esa memoria.

—Lo sabré.

—Te destruirá.

Dante se acercó a su oído.

—No tanto como voy a