Mi hija le pidió prestado su perro al jefe de la mafia porque un hombre tocaba su ventana por las noches

—Bambina…

Yo me levanté.

No sé qué vio en mi rostro, pero se detuvo.

—Usted sabía —dije.

Teresa cerró los ojos.

—Sabía que Miguel no murió por accidente. No sabía que Rafael seguía cerca de la niña.

—Pero nos trajo aquí.

—Para protegerlas.

—¿O para vigilarnos?

La pregunta la golpeó.

Dante miró a su madre.

—Contesta.

Teresa apretó el rosario.

—Ambas cosas.

El silencio fue insoportable.

—Miguel vino a verme antes de morir —dijo ella—. Me dijo que tenía pruebas de que alguien dentro de nuestra familia vendía información. No