seguía siendo el perro de Dante.
En la práctica, Sophie era su dueña, enfermera, jefa espiritual y abogada.
Un mes después, volví a trabajar.
No para los Moretti.
Nunca más limpié esa mansión.
Teresa intentó ofrecerme dinero suficiente para no trabajar durante años. Lo rechacé al principio. Luego Marcus —sí, Dante me puso en contacto con un abogado externo sin preguntar— me explicó que no era caridad. Era compensación civil por negligencia, riesgo y ocultamiento de información relevante.
Acepté.
No todo.
Lo justo.
Con ese dinero abrí una pequeña pastelería.