dije que la noche daba miedo.
La culpa me quemó.
Era verdad.
Me lo había dicho dos veces.
Y yo, agotada, la abracé rápido, le di un beso en la frente y le prometí que no había monstruos.
Pero los monstruos existen.
A veces solo usan zapatos de hombre.
Entonces Bruno levantó la cabeza.
Sus orejas se tensaron.
Sus ojos ámbar se clavaron en la ventana.
La habitación quedó en silencio.
Luego escuché:
Toc.
Toc.
Toc.
Una sombra se movió detrás del cristal.
Sophie se quedó rígida.
Yo dejé de