Mi hija le pidió prestado su perro al jefe de la mafia porque un hombre tocaba su ventana por las noches

respirar.

Bruno estalló.

El ladrido fue tan fuerte que pareció partir la cabaña en dos. Saltó de la cama, embistió la puerta y salió al pasillo como una bala negra.

—¡Sophie, no te muevas!

Pero mi hija salió corriendo detrás de él, descalza, abrazando su almohada de estrella.

—¡Bruno!

La perseguí.

El perro atravesó el pasillo de servicio que conectaba la cabaña con el ala antigua de la mansión. Yo jamás usaba esa entrada de noche. Los sirvientes decían que esa parte de la casa estaba cerrada desde antes de