Mi hija le pidió prestado su perro al jefe de la mafia porque un hombre tocaba su ventana por las noches

En Bruno.

En la noche del túnel.

En todas las puertas que sobreviví.

—Sí —dije—. Pero no toque nada. Acabo de limpiar.

Casi sonrió.

—Sí, señora Morales.

Y entró.

Hoy, la mansión Moretti ya no tiene pasadizos abiertos.

Dante mandó sellar algunos, iluminar otros y convertir uno en bodega de vino, porque según Nico “al menos así los fantasmas tendrían buen gusto”.

Teresa todavía reza cada mañana.

Sophie visita a Bruno en el jardín cuando él no está tirado en mi pastelería fingiendo ser cliente.

Ya está viejo.

Sus cicatrices