giré.
Dante estaba afuera, empapado, sosteniendo dos cafés.
Le abrí.
—No vuelva a tocar tres veces.
Él se quedó quieto.
Luego entendió.
—Perdón.
—Está bien.
—No. No lo está. No lo haré de nuevo.
Ese detalle, más que cualquier promesa enorme, terminó de abrir algo en mí.
Porque el amor seguro no es el que nunca te asusta.
Es el que aprende exactamente dónde están tus heridas y decide no jugar con ellas.
Tomé uno de los cafés.
—Puede pasar.
Dante me miró.
—¿Está segura?
Pensé en Miguel.
En Sophie.