El jefe mafioso más temido de Nueva York fingió dormir para probar a su nueva empleada, pero la hija de ella lo cubrió con una manta

Fue una prueba.

Como si quisiera comprobar si debajo del traje, del nombre, del miedo, aún había un corazón capaz de entender el peso de lo que estaba recibiendo.

—No la hagas arrepentirse de quererte —susurró.

No sabía qué responder.

Así que dije la única verdad posible:

—No lo haré.

Ella retiró la mano.

No hubo beso.

No hubo promesa eterna.

No hacía falta.

Algunas historias no se curan con un final perfecto.

Se curan con una puerta que ya no se cierra con miedo.

Esa noche volví a la