El jefe mafioso más temido de Nueva York fingió dormir para probar a su nueva empleada, pero la hija de ella lo cubrió con una manta

Daniel.

—Yo tampoco.

—No estoy lista para perdonar todo.

—No te lo pediré.

—No sé si algún día pueda mirarte sin ver también lo que pasó.

—Lo entiendo.

—Pero Sofia confía en ti.

—Lo sé.

—Y eso significa que si la lastimas, no tendré miedo de destruirte.

La miré.

La mujer que una vez temblaba en mi puerta ahora me amenazaba en mi propia casa.

Y me pareció justo.

—No espero menos —dije.

Isabel sostuvo mi mirada.

Luego, despacio, puso una mano sobre mi pecho.

No fue una caricia romántica.