sala donde todo empezó.
La chimenea estaba apagada.
El sofá seguía allí.
También la mesa donde había dejado mi teléfono, mi billetera y aquel sobre de dinero para probar a una mujer que no buscaba robarme nada.
Sobre el respaldo del sofá estaba la misma manta.
La tomé.
Durante años dormí poco y mal. Siempre alerta. Siempre con una pistola cerca. Siempre convencido de que cerrar los ojos era una invitación a la traición.
Esa noche me senté, puse la manta sobre mis piernas y miré el dibujo de Sofia