El jefe mafioso más temido de Nueva York fingió dormir para probar a su nueva empleada, pero la hija de ella lo cubrió con una manta

La besó en la frente con tanta desesperación que algo dentro de mí se contrajo.

Yo había visto mujeres llorar por joyas, por hombres, por miedo, por ambición perdida. Pero eso era diferente. Isabel no lloraba por ella.

Lloraba como una loba que escucha pasos cerca de su cría.

—Marco —dije sin mirar atrás.

Mi jefe de seguridad apareció en la puerta.

—Jefe.

—Saca a todos del ala este. Nadie entra. Nadie escucha.

—Sí.

—Y si alguien intenta acercarse, lo despides antes de que yo lo vea.

Marco entendió que “