El jefe mafioso más temido de Nueva York fingió dormir para probar a su nueva empleada, pero la hija de ella lo cubrió con una manta

habían temido hombres armados. Fiscales. Testigos. Socios que sabían demasiado. Pero aquella niña de botas amarillas me miraba como si yo fuera simplemente un adulto que podía portarse mal con su madre.

—No —respondí—. No voy a regañarla.

Sofia me observó unos segundos, como si decidiera si mi palabra valía algo.

Luego se acercó a mí.

Isabel extendió una mano.

—Sofia, no…

Pero la niña ya estaba frente a mí.

Me miró muy seria y dijo:

—Mi mami llora cuando cree que duermo. No la haga llorar más.

Después salió