El jefe mafioso más temido de Nueva York fingió dormir para probar a su nueva empleada, pero la hija de ella lo cubrió con una manta

corriendo hacia el pasillo, donde Rosa, la cocinera, la esperaba con los ojos húmedos.

Cuando la niña desapareció, la sala quedó demasiado grande.

El fuego crepitaba en la chimenea.

La manta seguía en el suelo.

El sobre con dinero descansaba sobre la mesa como una provocación ridícula. Unos minutos antes yo creía que eso probaría si Isabel era ladrona.

Ahora parecía una broma cruel.

—Habla —dije.

Isabel permaneció de pie, pero sus rodillas temblaban.

—Si le digo la verdad, usted va a odiarme.

—Eso depende de la verdad.

—No. Va