escapó de mi garganta, pero no tenía humor.
—Imposible.
—Él la conoció. La cargó. Le cantaba horrible. Le decía que algún día la llevaría al zoológico del Bronx porque ella se emocionaba viendo elefantes en los libros.
Mi pecho se apretó.
No quería imaginarlo.
No quería ver a Mateo, ese hombre que en mis recuerdos estaba cubierto de sangre, convertido en padre sobre una alfombra barata, cargando a una bebé.
Eso lo hacía humano.
Y los humanos muertos por mis órdenes pesaban más.
—¿Por qué entraste a trabajar en mi