El jefe mafioso más temido de Nueva York fingió dormir para probar a su nueva empleada, pero la hija de ella lo cubrió con una manta

emboscada.

Mateo huyó.

Lo encontramos en los muelles.

Aún recordaba su cara bajo la lluvia.

No pidió vivir.

Pidió que investigara.

Yo no lo hice.

En ese entonces creí que investigar era debilidad. Vincent aún no me había traicionado. Yo todavía pensaba que mis sistemas eran perfectos, que mis hombres me temían lo suficiente como para no mentirme, que la fuerza consistía en actuar rápido.

Mateo murió esa noche.

Yo no apreté el gatillo.

Pero di la orden.

Y en mi mundo, eso era lo mismo.

—Mateo era un traidor —