dije, más por costumbre que por certeza.
Isabel me miró con lágrimas en los ojos.
—No.
Una sola palabra.
Sin gritos.
Sin teatralidad.
Ese “no” llevaba cuatro años viviendo dentro de ella.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Porque la noche antes de morir vino a casa. Estaba asustado. Me dijo que alguien estaba usando su nombre. Que iba a hablar con usted. Que usted lo escucharía porque le debía la vida.
Tragué saliva.
Una vez, años atrás, Mateo recibió una bala destinada a mí en un restaurante de Brooklyn. Una bala en