el hombro. Casi pierde el brazo. Cuando salió del hospital, le ofrecí dinero, ascenso, lo que quisiera.
Él solo pidió dos semanas para visitar “a una tía enferma”.
Ahora entendía.
No era una tía.
Era Isabel.
Era Sofia recién nacida.
—No vino a hablar conmigo —dije.
—Porque nunca llegó.
Silencio.
—Lo encontraron antes —susurró ella.
La lluvia golpeó con fuerza los ventanales.
Me acerqué a la chimenea, no porque tuviera frío, sino porque necesitaba mirar algo que no fuera su rostro.
—¿Por qué no apareciste entonces?
Isabel soltó una risa