El jefe mafioso más temido de Nueva York fingió dormir para probar a su nueva empleada, pero la hija de ella lo cubrió con una manta

entrar.

A las tres de la madrugada, Marco regresó con los primeros informes.

Los colocó sobre la mesa de mi despacho.

—Jefe, hay cosas raras.

—Habla.

—El archivo original de Mateo tiene lagunas. Hay copias, pero faltan registros de cámara del muelle. También faltan los metadatos de los mensajes que supuestamente envió.

Me quedé inmóvil.

—¿Faltan?

—Sí.

—¿Quién tenía acceso?

Marco dudó.

Otra vez esa fracción mínima.

La segunda vez ya no era casualidad.

—Marco.

—Vincent Russo era quien supervisaba esos archivos en ese período.

El nombre atravesó la habitación