alguien deslizó un sobre bajo la puerta.
Sus ojos se llenaron.
—Adentro estaba su cadena. La que usaba siempre. Y una nota que decía: Corre.
Mis manos se cerraron.
—¿Por qué no me dijiste lo de la cadena?
—Porque hasta anoche usted no era una persona a quien se le decían cosas. Era el hombre del que tenía que esconderme.
Esa frase quedó flotando entre nosotros.
El hombre del que tenía que esconderme.
Yo había construido un imperio sobre la idea de que ser temido era ser invulnerable.
Pero en