ese momento entendí el precio exacto.
El miedo no solo alejaba enemigos.
También alejaba verdades.
—¿Tienes la cadena? —pregunté.
Isabel asintió.
—Está con mis cosas.
—La necesito.
—No.
Levanté la vista.
—Isabel…
—No voy a entregar lo único que Sofia tiene de su padre sin saber qué hará con ella.
—Puedo analizarla.
—Puede destruirla.
—No lo haré.
Ella soltó una risa amarga.
—¿Y debería confiar en su palabra?
Nadie me hablaba así.
Nadie vivo, al menos.
Pero Isabel tenía derecho.
Le había quitado demasiado incluso antes de conocerla.
—No —dije.