ceño, intentando entender una culpa demasiado grande para sus cuatro años.
—Mi papi era bueno —dijo.
No preguntó.
Lo afirmó.
Sentí que la garganta se me cerraba.
—Sí —dije—. Creo que sí.
Sofia sonrió con alivio, como si mi aprobación importara.
Luego me ofreció la foto.
—Puede verla, pero no la pierda. Mami llora cuando pierde cosas de papi.
Tomé la foto con ambas manos.
—No la voy a perder.
Y en ese momento decidí algo que habría considerado una locura veinticuatro horas antes.
Si Mateo Cruz fue inocente, no