hablar conmigo. No lo escuché. Di una orden basada en una mentira. Por eso Mateo murió.
Un murmullo atravesó la sala.
No era común que un jefe dijera algo así.
No en voz alta.
No ante todos.
Yo continué:
—Desde hoy, su nombre queda limpio. Su familia queda bajo mi protección. Cualquier hombre que haya participado en fabricar pruebas, ocultar registros o intimidar a su viuda va a hablar conmigo antes de que termine la semana.
Un capo viejo, Salvatore, frunció el ceño.
—Jefe, con respeto, abrir eso puede verse