—No sé hacer eso —dijo, como si confesara un crimen.
Sofia suspiró.
—Los adultos no saben nada.
Yo observaba todo desde lejos.
No quería acostumbrarme.
Acostumbrarse era peligroso.
Una casa con risas podía convertirse en objetivo.
Una niña corriendo por pasillos de mármol podía volverse una debilidad.
Una mujer que te miraba sin miedo suficiente podía hacer que olvidaras por qué construiste muros.
Pero los muros ya no se sentían como protección.
Se sentían como una cárcel que yo mismo había decorado.
Una noche, encontré a Isabel en la biblioteca.