Estaba de pie frente a una ventana, con una taza de té entre las manos.
—Sofia duerme —dijo sin girarse.
—Lo sé.
—Tiene pesadillas a veces.
—¿Por su padre?
—Por lo que no recuerda de él.
Me acerqué, manteniendo distancia.
—¿Cómo se puede tener pesadillas de algo que no se recuerda?
Isabel miró su reflejo en el vidrio.
—Los niños sienten los huecos. Aunque no sepan nombrarlos.
Pensé en mi madre.
Yo sí recordaba su rostro.
Pero también recordaba el hueco.
La silla vacía.
El perfume desapareciendo poco a poco