El jefe mafioso más temido de Nueva York fingió dormir para probar a su nueva empleada, pero la hija de ella lo cubrió con una manta

de su armario.

Mi padre convirtiendo el duelo en disciplina.

—¿Sofia sabe cómo murió? —pregunté.

—Sabe que hubo hombres malos. No sabe más.

—Algún día preguntará.

—Sí.

—¿Qué le dirás?

Isabel giró hacia mí.

—La verdad que pueda soportar.

Esa respuesta me dejó sin defensa.

Yo había construido mi vida sobre verdades que nadie debía conocer.

Isabel, en cambio, entendía que la verdad no siempre se entrega completa, pero tampoco debe convertirse en mentira.

—Quiero hacer algo por Mateo —dije.

Ella tensó los dedos sobre la taza.

—¿Qué?

—Un lugar.