a oír.
Marco estaba afuera.
Mis hombres vigilaban la calle.
Pero adentro, por primera vez en muchos años, yo no era jefe.
No era intocable.
No era temido.
Era un hombre parado frente a las consecuencias de una orden.
Al final de la misa, Isabel se acercó a mí.
—Sofia quiere que venga.
—¿A dónde?
—A prender una vela por Mateo.
Mi primer impulso fue negarme.
No por orgullo.
Por vergüenza.
Pero Sofia ya me miraba desde el altar, moviendo la mano.
Caminé hacia ella.
Me entregó una vela pequeña.