—Mami dice que cuando uno prende una vela, es para que alguien no esté oscurito.
No pude hablar.
Encendí la vela.
La llama tembló entre mis dedos.
Pensé en Mateo bajo la lluvia. En su voz. En mi ceguera.
—Lo siento —dije en voz baja.
No sé si se lo dije a él.
A Isabel.
A Sofia.
A mí mismo a los seis años, de pie frente a un ataúd sin permiso para llorar.
Pero lo dije.
Y por una vez, nadie me castigó por mostrar dónde dolía.
Después de