la misa, Isabel me llevó al pequeño cementerio donde estaba Mateo.
La lápida tenía su nombre y fechas.
Nada más.
Sofia dejó flores.
Luego corrió hacia Rosa, que la esperaba cerca con un abrigo.
Isabel y yo quedamos frente a la tumba.
—Él confiaba en usted —dijo.
—Lo sé.
—Eso es lo que más me costó perdonar de él.
La miré.
—¿De Mateo?
—Sí. Yo le decía que el mundo donde trabajaba no tenía honor. Él decía que usted sí. Que Daniel Hale era duro, pero justo. Que si alguna