El jefe mafioso más temido de Nueva York fingió dormir para probar a su nueva empleada, pero la hija de ella lo cubrió con una manta

vez algo pasaba, usted escucharía.

Cerré los ojos.

Mateo no solo murió por mi orden.

Murió creyendo demasiado en una parte de mí que yo no supe usar a tiempo.

—No fui justo —dije.

—No.

—Pero voy a serlo con Sofia.

Isabel me miró.

—No la convierta en deuda.

La frase me atravesó.

—¿Qué?

—No mire a mi hija como algo que tiene que pagar por lo que le hizo a su padre. Ella no es su penitencia.

—No era mi intención.

—Entonces apréndalo ahora. Si va a protegerla, hágalo