porque es una niña. No porque lleve el fantasma de Mateo en la cara.
Miré hacia Sofia.
Estaba intentando convencer a Marco de que un hombre de casi dos metros podía saltar charcos.
—Tienes razón.
Isabel suspiró, como si cada vez que yo aceptaba algo sin pelear le quitara un poco de rabia, y ella no estuviera segura de querer soltarla.
—No sé cómo sentirme con usted —admitió.
—No tienes que sentir nada específico.
—A veces lo odio.
—Lo merezco.
—A veces Sofia habla de usted y me asusta no