odiarlo lo suficiente.
Eso me dolió de un modo extraño.
—Isabel…
—No. Déjeme terminar. Usted representa todo lo que destruyó mi vida. Pero también es la razón por la que ya no estoy huyendo. Y odio que ambas cosas sean verdad.
No respondí.
Porque no había respuesta que no sonara egoísta.
Ella miró la tumba de Mateo.
—Yo amé a mi esposo.
—Lo sé.
—No quiero que su memoria se vuelva una puerta por la que usted entre.
Sentí algo en el pecho, algo parecido a renuncia.
—No lo haré.