vez no fue una sombra.
Fue una risa verdadera.
Breve, sí.
Pero verdadera.
Y el sonido me hizo entender algo terrible:
había pasado años siendo temido por habitaciones llenas de hombres.
Y ninguna victoria me había dado tanta paz como oír reír a una mujer que tenía todas las razones para odiarme.
Los meses siguientes no fueron una historia bonita.
No de esas donde el mafioso se vuelve bueno porque una niña le dio una manta.
La vida real, incluso en ficción, no cambia así de limpio.
Yo seguía siendo