Isabel me miró, sorprendida.
—No voy a cruzar ninguna puerta que no abras tú —dije—. Y si nunca la abres, seguiré protegiéndolas desde afuera.
Ella apartó la mirada.
—Eso suena muy noble para un hombre como usted.
—No soy noble.
—Lo sé.
—Pero estoy cansado de ser solo lo contrario.
Sofia regresó corriendo.
—Señor Daniel, Marco no salta porque dice que sus zapatos son caros.
—Marco tiene miedo de perder contra ti —dije.
La niña abrió la boca, encantada.
—¡Lo sabía!
Marco, desde lejos, pareció traicionado.
Isabel se rió.
Esta